Un día, hace ya un tiempo, me desperté con una sensación rara. Noté al rato que era como si hubiese algo incómodo en el cómo estaba puesto. Sin embargo, no era algo que estuviera en la cama y que estuviera siendo molesto, ni una postura incómoda, ni la presencia de alguien. Sé que suena raro como suena, pero era como…como si el origen de esa incomodidad estuviera dentro de mí.
Esto es una locura, pensé. Se pasará según avance el día. Admito que si no pensaba en ello, no parecía que hubiera nada, ni tampoco recordaba la sensación de por la mañana. Pero si me paraba en algún sitio, de repente, volvía. Hablaba con la gente, y podía hacerlo de cualquier cosa, y durante el tiempo que quisiera…pero al acabar de hablar, volvía. Era muy extraño. Pero más raro fue ver que, al día siguiente, al levantarme, lo volví a sentir. Pasó una semana, y seguía igual. Temblaba sin darme cuenta simplemente con recordarlo (y cómo no, luego volvía a mí de verdad…). ¿Qué era aquello que había dentro de mí?
Así comenzó el horrible periodo de mi pequeña y singular enfermedad.
Nunca paraba. Al empezar el día, me despertaba con el presentimiento de que en cualquier momento aparecería. Al acostarme, me metía en la cama con el remordimiento de no haber logrado deshacerme de él. Nunca, nunca paraba. No siempre aumentaba, y debería decir que cuando estaba enfrascado en algunas conversaciones, sí conseguía olvidarme de que estaba ahí.
Excepto si mencionaban palabras como “corazón”. En ese momento, todo me señalaba y tenía que bajar la cabeza, con incierta vergüenza. ¿Por qué me sentía tan mal? Bueno, si temblaba al oír esa palabra, era porque casi hacia de contraseña, más que algo que lo oía y simplemente me resonaba. Era sólo pronunciarla y me volvía ese extraño temblor, un temblor con un comienzo, como un foco, pero que acababa extendiéndose por todas mis vísceras, por mis miembros y dedos, hasta llegar a mis ojos y mi boca.
Dije que era sólo un temblor que se repetía, pero no era así. Y de hecho, no era sólo agitación. Era sólido, algo que ocupaba un espacio dentro de mí, no tengo duda. De repente, mi corazón se llenaba y se tensaba cómo nunca me había pasado, y aquello que lo expandía de repente se fugaba por todos lados. Pero lo peor era que en verdad notaba que no se iba: se tensaban tanto los músculos que parecían desgarrarse, como queriendo salirse fuera de mí. Más de una vez mi reflejo había sido de echar mi mano a mi pecho izquierdo y querer arrancarme el corazón. Pero no agarraba nada que estuviera a punto de explotar.
Llegué a leer, en uno de mis últimos intentos por averiguar qué me pasaba, que a veces había cuerpos que se ponían a arder sin razón alguna, así, de repente. Y que hay células que se rompen de repente aún dentro de nuestro cuerpo. Esto me hizo pensar que podía ser igualmente uno de estos fenómenos, digamos, “espontáneos”, una de esas enfermedades raras, lo que me pasaba. Puede ser que los cuerpos explotan también por azar. Puede ser que, al igual que les pasa a las bombas, algo dentro de ellos reaccione en un solo segundo y, tras ese segundo, la energía que se produce tenga que salir por algún lado. Sonaba muy extraño decir que mi cuerpo era como una bomba, pero cuando me quedaba en silencio, mi cuerpo lo confirmaba: algo tenía dentro, y quería salir. Más bien, “aquello” quería explotar.
Así es como di con la Enfermedad de la Explosión. Resultó que había decenas, cientos de personas que la tenían sin saberlo. Cuánto más lo contaba, más gente me decía que también le pasaba, o que le pasó algún tiempo antes, y me contaban de aquellas veces que estaban tan cargados dentro, con tanta presión, que no podían ni hablar. Que cuando se agarraban a la barandilla en las escaleras, en autobuses o en el metro, apretaban tanto la mano que era como si quisieran romper la barra. Quizás en algunos casos antes de explotar habían hecho algo parecido a una “implosión”, pues notaban que el aliento se les precipitaba hacia dentro, y que todas sus fuerzas se les escapaban hacia sus tripas. Pero éstas estaban vacías, no había nada dentro…y sin embargo, sentían que iban a explotar.
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