Cada vez más y más sentía que tenía que pasar, que no aguantaría ni el respirar como siguiera así, y que tarde o temprano me rompería en una onda, y sólo esperaba que no me pasara en público. Aunque de poco valía eso: fuera donde fuera, la gente iba caminando hacia cualquier lado, con la boca entreabierta, los ojos mirando a cualquier parte y, sin darse cuenta, con la mano haciendo un puño contra el corazón. Quieren agarrarlo, sí, también quieren hacerlo explotar, romperlo antes de que les mate a ellos…antes de que hiciera daño a quien no debería. La Enfermedad de la Explosión era ya una epidemia en todos los corazones de la ciudad.
Nada, nada lo paraba, y nunca paraba. Había leído sobre gente que por culpa de un virus se ponían cada vez peor, todo porque ese extraño ser les invadía la sangre y se expandía por todo el cuerpo. Esto, si no igual, era peor: ¿qué hacer cuando lo que comienza a mover tu sangre, lo que empieza todo y lo que te da vida, es lo que verdaderamente va mal? Cuando no sabes en qué momento, eso que parece tu fuente de vida, será el causante de tu muerte. De hecho, no sabía qué pasaría. No se sabía cuál sería el fin, el paso final y posterior a la gran explosión que nos aguardaba.
Latía, latía y sólo latía. Y no hablo ya del corazón, hablo de mí. Era yo quien lo hacía, sin parar, sin encontrar remedio. Me he dado cuenta que yo soy lo que está crujiendo, lo que está a punto de romperse. Pero, ¿tan malo sería? ¿No sería el mejor final? ¿Acaso podía imaginarme algo mejor, o había otra cosa que al final pudiera hacer?
Empecé a verlo de esta otra manera. Nadie había encontrado otra explicación, y nadie había encontrado otro remedio. Quizás no tenía que luchar contra el latido, sino dejarlo. Nadie lo había pensado así, pero era posible. “Si duele, es malo, y hay que evitarlo”, pensábamos. A nadie se le ocurrió que lo que había que hacer era dejarlo tal cual. Pues tras amontonarse todo, creían que el problema de verdad era que explotara, que la explosión era la enfermedad. En verdad, la explosión era la cura. Lo bueno era poder explotar.
Tengo que explotar.
Acabo de llegar a casa. Hoy era un día exactamente igual que…igual que el resto. En verdad nada diferencia uno del otro. De hecho, yo tampoco he cambiado nada. Soy exactamente igual que ayer. Estoy exactamente igual que siempre. Me senté en la cama mirando un poco al vacío de la pared, y notando cómo la cama se amoldaba a mí, sin hacer yo nada. De repente, empezó.
Mis brazos empezaban a hincharse, mis piernas pesaban como tanques llenos de algún líquido denso y oscuro. Mi pecho empezaba a no notarlo siquiera, y mis tripas…mis tripas empezaron a volverse locas. Tuve que abrazarme a mí mismo como podía: rodeándome el abdomen, agarrándolo con fuerza, como para hacerle callar. Seguía agitándose, y llegué a clavarme las uñas en la carne como para hacerle el daño necesario para asustarlo. Pero eso no paraba. Y no se detuvo sólo en mis tripas: mi pecho, que parecía estar muerto y frío, empezaba a agitarse de una manera enfermiza. Pasé a intentar abrazarlo para ver si se callaba también. Me imaginaba la escena y era patética: yo intentando abrazarme a mí mismo de mil maneras, y ninguna me convencía para lo que ni siquiera podía explicar que me estaba pasando. Cerré los ojos, y los cerré creyendo que al hacerlo todo desaparecería. Los cerraba con tanta fuerza que hacía salir las lágrimas de donde quiera que de verdad venían. El corazón no paraba. Nada lo callaba, nada lo paraba. Me tumbé sobre la cama, encogido como un niño pequeño, para ver si así podía abrazar aquello con más fuerza, y así evitar que saliera de mí. Pero creo que provoqué lo contrario, pues cuánta más fuerza ponía, más latía lo que llevara dentro. Me dolían los ojos, mis uñas estaban ya casi dentro de mi piel, y seguro que desde fuera mi cuerpo entero parecía que estuviera teniendo un ataque de algo raro. De repente, empecé a gemir, de una manera muy infantil. Pero me di cuenta que quería hacerlo más fuerte, y abrí más la boca y dejé que saliera. Empecé a gritar. Gritaba de una manera rara, en la oscuridad en la que me había dejado, a ratos sin fuerza y a ratos como estallando. Me volqué contra mis sábanas, y empecé a gritar con más fuerza, viendo que éstas amortizaban mis ruidos. Hundí mi cara en la cama como queriendo esconderme mientras gritaba, pero no desaparecía. No podía parar. No quería parar aún. Chillaba a la nada sin remedio, mientras algo en mi cuerpo, que ni siquiera veía ni sabía dónde estaba, intentaba desgarrarme. Empezó entonces a dolerme algo seriamente en el pecho. No era la agitación o la angustia de otras veces, esto era distinto. Algo se me estaba clavando contra el pecho, pero venía de dentro. Creo que después volví a hundir la cara, y acto seguido noté cómo estalló…
No me acuerdo de qué ha pasado. Sólo abrí la boca…y lo dejé salir. Creo. Me noto sudoroso. Estoy lleno de arriba abajo, por lo que no sé si esto en mi cara son lágrimas o qué otra cosa. Creo que he explotado. No sé para qué…pero creo que lo he hecho. Sí, creo que sí.
Definitivamente
…sí, sin duda.
He explotado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario