Javier va por el camino que le lleva al rincón
de los objetos perdidos, de la vista cansada
de aislarse en un cúmulo de niebla imposible
que se le cuela en las venas, y le hiela los huesos.
Nunca el verano había sido tan frío.
Javier la mira y se siente el muñeco más olvidado del mundo.
Lucía coge el coche y, manos al volante, todo conduce
menos ella, que está en el mar.
En la playa donde se quiso ahogar por no poder aguantar
La vista de algo tan infinito y tan imposible, algo
que sólo se compara al momento en que él desapareció.
Lucía mira al frente y no puede evitar quererse estrellar.
Miquel merodea por las aceras del centro, entre edificios
sin vida, carteles perdidos, y un flujo caminante
sin destino, sin llevarle a él consigo, sin dar pistas
De dónde va, de qué va a hacer, ni una palabra que entienda.
Miquel busca entre la gente a quien no se atrevió a irse con él.
Carla se despierta, pero no se levanta. Tiene mucho que hacer,
como todos los humanos, pero ella hoy no se siente como tal.
Hoy ha abierto los ojos, y no sabía qué mirar.
Ha querido levantar los brazos, pero no sabía qué coger.
Carla se toca la cara con las manos, y no sabe ya quién es.
Me quedé perdido en ese momento. Sentía como si no reconociera nada;
el mundo cambió de cara de la noche a la mañana, y yo tuve que correr
tan lejos que él no me reconociera, pero yo tampoco le reconocería.
Corrí tanto que ya no sé cómo volver. Corrí tanto que ya no sé hacia dónde ir.
Paré en ese instante,
cerré los ojos,
y me di cuenta que estaba perdido.
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