domingo, 25 de septiembre de 2011

Los niños perdidos


Javier va por el camino que le lleva al rincón

de los objetos perdidos, de la vista cansada

de aislarse en un cúmulo de niebla imposible

que se le cuela en las venas, y le hiela los huesos.

Nunca el verano había sido tan frío.

Javier la mira y se siente el muñeco más olvidado del mundo.


Lucía coge el coche y, manos al volante, todo conduce

menos ella, que está en el mar.

En la playa donde se quiso ahogar por no poder aguantar

La vista de algo tan infinito y tan imposible, algo

que sólo se compara al momento en que él desapareció.

Lucía mira al frente y no puede evitar quererse estrellar.


Miquel merodea por las aceras del centro, entre edificios

sin vida, carteles perdidos, y un flujo caminante

sin destino, sin llevarle a él consigo, sin dar pistas

De dónde va, de qué va a hacer, ni una palabra que entienda.

Miquel busca entre la gente a quien no se atrevió a irse con él.


Carla se despierta, pero no se levanta. Tiene mucho que hacer,

como todos los humanos, pero ella hoy no se siente como tal.

Hoy ha abierto los ojos, y no sabía qué mirar.

Ha querido levantar los brazos, pero no sabía qué coger.

Carla se toca la cara con las manos, y no sabe ya quién es.


Me quedé perdido en ese momento. Sentía como si no reconociera nada;

el mundo cambió de cara de la noche a la mañana, y yo tuve que correr

tan lejos que él no me reconociera, pero yo tampoco le reconocería.

Corrí tanto que ya no sé cómo volver. Corrí tanto que ya no sé hacia dónde ir.

Paré en ese instante,

cerré los ojos,

y me di cuenta que estaba perdido.




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